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23 noviembre, 2010

LA MEDICINA TRADICIONAL P´URHÉPECHA

LA MEDICINA TRADICIONAL P´URHÉPECHA

Por Julie Sopetrán

                                           Planta de nopal.   Foto: Julie Sopetrán

Si algún pueblo se auto reafirma a sí mismo, si algún pueblo está orgulloso de  ser y estar en el planeta tierra, es el pueblo p´urhepecha. Un pueblo que abarca seis mil kilómetros cuadrados de los sesenta mil que tiene el estado de Michoacán, en México.  Pero el “lugar donde viven los p´urhé lo abarcan cuatro regiones importantes: La Cañada de los once pueblos que se llama también Eráxamani. Japóndarhu, que es el lugar del lago. Juátarisi, que es la Meseta y la Ciénaga de Zacapu. Otro lugar se añadía a esta región y es Jurhío, el lugar de la tierra caliente. Apróximadamente abarca unos 25 municipios más o menos. Pero su lengua se habla en más de cien pueblos del estado.  P´urhé o p´uré, quiere decir persona.  También se les ha llamado Tarascos, este nombre  se lo pusieron los españoles.

                                               
Estas poblaciones disfrutan de servicios de salud pública, clínicas, unidades médicas, rurales del IMSS-Solidaridad.
Para los p´urhépechas, la armonía con el entorno, juega un papel importante en la vida y en la salud.
Son gentes que les gusta cumplir las normas de la comunidad y ante todo tienen un gran sentido de la familia y amor a la naturaleza. La salud es pues, un resultado de la forma de vivir en consonancia y armonía con lo que nos rodea.
Este pueblo cuenta con expertos terapeutas, hay muchas mujeres, mayores de 50 años, unos son brujos, otros u otras, parteras, algunos hueseros, hierberas, sobadores, molleros... curan con sus manos, con hierbas medicinales y recetas heredadas de sus antepasados. Hay un gran respeto entre estos sanadores y para preguntarles a ellos directamente me dirijo a Pátzcuaro; están instalados junto a una clínica, muy cerca del Lago que lleva el mismo nombre.
                                                Capilla. Foto: Julie Sopetrán

Es un lugar moderno, limpio, con su capilla para rezar y sus diferentes apartados y especialidades. Estos hombres y mujeres, conservan la sabiduría de la tierra, en su religión, ellos conciben su origen divino. Las deidades p´urhépechas están directamente relacionadas con la naturaleza. Por eso al Rayo le llaman Señor, así como el Señor de la Lluvia, el del Cielo, el de la Tierra... Sus divinidades son innumerables, simbolizadas todas ellas en pájaros, como el águila, las piedras,  los caimanes, etc..

Pero nada mejor como hablar directamente con uno de los hueseros de Pátzcuaro, él nos va a explicar su trabajo terapéutico. La gente hace cola para entrar y los remedios no pueden ser más eficaces. D. Juan Castro Valdés, un hombre muy sencillo, muy amable. Seguramente tiene atributos superiores a lo que nosotros podamos percibir.
Él me dice humildemente: “yo soy huesero, curo con masajes, son sobadas que hago desde el pié hasta la cabeza y lo hago jalando los huesos”. Le pregunto a Don Juan, cuándo comenzó a ser huesero y me dice que desde hace muchos años, anduvo en la ciudad de México, en Puebla, en Morelia, en la Isla de la Pacanda y ahora en Páztcuaro, más de treinta años que está curando a la gente a través de sus sobadas y masajes.  Juan habla calmadamente, como si pensara cada palabra que dice. Le pregunto cómo supo que podía curar y me explica que lo hizo cuando vio a alguien sufrir. También afirma que para curarse es imprescindible tener fe.  No cuenta el tiempo, hay días que cura a mucha gente y otros que sólo a unas cuantas personas dependiendo de lo que tengan o necesite estar con ella para darles los masajes.
Le pregunto a Juan si cura a través de la naturaleza o si cree en Dios, o qué medios utiliza para dar esa fuerza de salud a través de sus manos. Juan comenta que él cree en Dios, y sin esa energía no podría curar. “Sin Dios no puedo curar, yo cuando doy estos masajes le pido a Dios que cure a la persona que tengo enfrente” Juan añade, que nunca le pregunta a la persona si él o ella cree o no cree. Sin embargo me dice, que si no cree en Dios la persona que viene a curarse, no se curará porque para entregarse al masaje tienen que creer. De lo contrario pierden el tiempo. Juan dice que Dios actúa a través de sus manos.
Le pregunto que curando, como cura, cerca de una clínica, de un hospital, si viene alguna gente del hospital también, Juan dice que cuando en el hospital no pueden hacer nada, los médicos mandan a los enfermos a que él les dé masaje o sus compañeros les curen con hierbas o lo que necesiten. Juan, después de charlar ampliamente conmigo se ofreció a darme un masaje que agradecí. No me cobró nada, pero sí le gustaron mis gafas, tal vez por ser españolas, de las que me desprendí sin ningún inconveniente. Aunque luego si quería leer lo que había escrito, tuve que ir a comprarme otras. A saber para qué quería Don Juan mis gafas, luego pensé si no sería una prueba para conocer mis desprendimientos o generosidades. El caso es que me sentí muy relajada y con ganas de seguir trabajando.

 

El siguiente centro p´rhépecha que visité está situado en otra parte de la ciudad de Pátzcuaro. También con su capilla, y los espacios rústicos y con olor a hierbas aromáticas para curar. Visité a Don Lupe, como así se le conoce en la zona. Don Guadalupe Norberto Calderón, natural de la Isla de Janitzio. Antes de dedicarse a curar Don Lupe fue pescador en el Lago de Pátzcuaro.

Don Lupe empezó a curar a la gente en el año 1978. Se puso en contacto con otros curanderos que le orientaron y le enseñaron, porque él sentía que quería ayudar a las personas que sufrían.  Se fue a México a hacer un curso y a cambiar experiencias con otros chamanes y sabios que sabían más que él. Se quedó en Pátzcuaro por el clima. Y también por las plantas.
Mientras Don Lupe me cuenta cómo comenzó, se oye el canto de un pájaro en el transfondo de su ventana semiabierta. Don Lupe dice que “la persona que siente que puede curar tiene que aprender, tiene que saber cómo encauzar su energía para los demás” Y añade que eso que ha aprendido él lo va a transmitir a su familia, a los más jóvenes para que sigan haciéndolo ellos. Don Lupe a diferencia de Don Juan, él dice que la fe del paciente no le preocupa, que él transmite en sus consejos y en sus recetas y a través de sus manos lo que él cree y percibe de Dios. “Yo sé que muchos no creen nada, pero yo controlo mi mente y no le digo nada, porque si ya ha venido porque se siente mal, pues ya algo le está pasando también con su fe”. Don Lupe se centra en curar en la enfermedad que padece el paciente. “A veces vienen jóvenes que no pueden caminar porque tienen mal su columna, o porque a otro le duele la cabeza... y así durante el día, ocho, diez, doce personas que vienen...”
Don Lupe no trabaja todos los días,  sólo en Martes y Viernes y otros días le suplen otras compañeras. Don Lupe se queja de que se acaban los recursos, las plantas, y todo lo ve muy duro y difícil para la humanidad y el futuro que nos toca vivir. Le pregunto qué nos recomienda para mantener la salud y dice que con el calor no hay que comer fruta, el mango es calor, la papaya es calor,  la sandía con el calor te puede dar también enfermedad, lo mejor para los niños es darle agua fresca, moradilla... pero no endulzarla.
Salí de estos lugares pensando en la pérdida de las plantas importantes en el mundo en que vivimos, en la naturaleza, en los poderes del hombre y de las plantas aún por descubrir.
   




LOS ORFEBRES DEL COBRE

Reportaje

LOS ORFEBRES DEL COBRE
Santa Clara del Cobre – Michoacán – México

Por Julie Sopetrán

                  Vendedora de piezas de cobre en la calle. Foto: Julie Sopetrán

Durante uno de mis viajes a Michoacán en el mes de Junio, visité la artesana población  de Santa Clara del Cobre, situada a 75 kilómetros de Morelia, cerca de Páztcuaro.  El viento movía los árboles y los remolinos del verano ostentaban su polvareda entre los verdes pinares y los preciosos aguacateros.  El guía, Raúl y yo, nos detuvimos un instante y lo que era un remolino nos pareció un tornado. Nos paramos por la belleza que elaboraban las manos invisibles del viento en  aquellos caminos de polvo veraniego.  Las grandes montañas que rodean este lugar  paradisiáco ubicado en la Sierra de Uruapan, nos hablan de un poblado minero, como son las vetas de Inguarán y Opopeo, que tanto interesaron a los españoles que hasta allí llegaron, estas minas hoy no son productivas pero sí atractivas a la hora de admirar el dorado metal tan artesanalmente tratado y trabajado por este pueblo purépecha. Ya casi se escuchan las músicas de los martillos y los marros,  suena a música de hogar, de familia... Se siente en el ambiente el calor de las fraguas y se respira ese  olor a cobre por sus callejas. 

Barreños de cobre. Foto: Julie Sopetrán

Fue Fray Martín de Jesús el que fundó este lugar en 1521 y en 1553 se la llamó de la forma que hoy la conocemos. Más tarde se la cambió el nombre por el de Santa Clara de Portugal y en 1932 era conocida  esta ciudad como Villa Escalante.   Pero este nombre no duraría mucho tiempo debido a que allí se establecieron las monjas de Santa Clara. Y hoy así se la conoce a la ciudad, como Santa Clara del Cobre.
Después de admirar y transpasar la Galería del Taller García, me adentro hasta los talleres donde un grupo de hombres fuertes elaboran auténticas obras de arte a fuerza de martillo, fuego y sudor, con la destreza de los punzones y los cinceles, las pinzas, los picos, los marros...

                                  Rafael Sarco Soto trabajando el cobre. Foto: julie Sopetrán

Rafael Sarco Soto, me va explicando el proceso y los pasos que tienen que dar para conseguir esa brillantez, esa textura en los cazos, en las ollas, en las calderas  –que me recordaron los tiempos de mi abuela, donde se hacían las ricas morcillas castellanas- tantas piezas cultivadas por la mano del hombre que son auténticas joyas trabajadas con este preciado metal.
Si  con el barro México hace maravillas, con el cobre hace prodigios. Los antiguos indígenas purépechas ya martilleaban este metal y así se lo enseñaron a sus descendientes, que lo han perfeccionado del  golpe, del fuego y la mucha dedicación.
El fuego es muy importante en la fundición y el trabajo del cobre. Foto: Julie Sopetrán

Y así podemos verlo en los millares de utensilios y obras de arte que podemos tocar y admirar incluso en las calles de Santa Clara del Cobre, un pueblo-museo, un museo-pueblo a dos pasos de la capital michoacana, un lugar que recomiendo visitar en los viajes a México.
Merece la pena adentrarse en sus callejuelas, en su museo del cobre, en sus tiendas abarrotadas de arte. La paz que se respira en la montaña me transporta a ese sentimiento de contemplación que embellece la vida ante el trabajo abnegado de estos artistas que pulen y dan color al tiempo. Un tiempo mágico que está lleno de autenticidad y de vida.  
                                  Trabajando el cobre. Foto: Julie Sopetrán

 Rafael, me explíca que primero hay que calentarlo en la “cendrada”, una especie de pozito poco profundo donde se va alimentando el fuego, es en la cendrada donde el fuego, el carbón de pino, funde el metal para después modelarlo a fuerza de martillo.
El fuelle para encender el fuego. Foto: Julie Sopetrán

Y todavía estoy escuchando la música que entre cuatro o cinco hombres componen con sus martillos como si en cada sonido hubiera un acuerdo establecido previamente para no machacarse los dedos, los brazos o las rodillas, pero que en realidad es la armonía misma no sólo del sonido sino también del temple y la cordura, para de esta forma no maltratar el cuerpo.
Aunque son muchas las veces que se hieren sin haberlo premeditado. Y es así cómo se forja el cobre.  Al fondo del taller unos grandes fuelles hacen su oficio de viento para atizar las brasas que enrojecen la forma, dos hombres se encargar de mover los manillares de madera para que así el fuego sea constante, cuando el operario de los fuelles es un niño, a éste se le llama “zorrillo” y al fuelle también se le llama “hechizo”. El fuego amargo, que consigue victorioso el calentamiento del metal.  Más tarde es el cincel el que dibuja los caprichosos peces, o los distintos dibujos elaborados y el brillo se obtiene con el calor y el martillo y la fuerza indiscutible del hombre. Cuando el cobre ya está al rojo vivo, es cuando se usan las tenazas y se extrae del fuego para martillearlo. Y es así como de un trabajo tan rudo y fuerte nace la obra de arte.

                           Detalle de uno de los trabajos. Foto: Julie Sopetrán

Rafael me sigue explicando los utensilios que usa su equipo de trabajo, la candonga para dar altura. Las tenazas, la tijera, el compás, las pinzas y el cincel para el esgrafiado, la bigornia donde se le da la forma. Tienen varias clases de martillos, el pequeño para sacar el brillo o los gajes, otro para laminar en el yunque. Luego, me explica que para dar la forma al objeto trabajado se pueden tardar hasta 600 horas martilleando varios hombres, y algunas piezas, todas únicas, hay que meterlas al fuego hasta 280 veces para luego poder modelarlas por la fuerza del hombro. Y es con estos calentamientos y golpes  como se llega al rojo blanco y ya se baña la pieza con ácido sulfúrico y es cuando se talla con la fibra de acero, luego se baña de agua y jabón y así es como se pule hasta que se obtiene el brillo deseado.
                       Vista de una de las calles de Santa Clara del Cobre. Foto: Julie Sopetrán

Quiero hacer honor al trabajo de estos hombres, nombrándolos uno por uno. Ernesto Velázquez Reyes, que me asegura que le gusta su trabajo y que lo hace desde siempre. Omar, Juan y Roberto Lonato Rojas, que son familia y que han crecido aprendiendo tan duro y delicado arte.  Agustín Cardona y Roberto Velázquez que a fuerza de golpes cincelan y diseñan toda clase de enseres, copas, vasijas, cazos, cascabeles zoomorfos,  miniaturas, esculturas, aretes, llaveros, bezotes, platos, cacerolas... y todo lo hacen con sus martillos, marros, hongos, bordones. Es admirable observar su conocimiento heredado. Su indiscutible arte conservado desde siglos atrás, incluso anterior a la época gloriosa del humanista Tata Vasco.

                                                  Atizando el fuego. Foto: Julie Sopetrán

Todo el pueblo de Santa Clara, es un centro artesanal, lo componen familias que viven del cobre y son orfebres, artistas, artesanos del fuego, del fuelle y del espacio, todos aprenden de los mayores y enseñan a los hijos a serlo, a calibrar el tiempo por el arte.
Me llama mucho la atención ver cómo se respeta el conocimiento de los mayores. La Madre  Experiencia es en Santa Clara, un  ejemplo de dignidad y arte, un ejemplo a seguir por los más jóvenes. Ya que los viajeros, los turistas, pasamos a veces de largo, sin apreciar del todo esta grandeza artesanal de Michoacán, de México, que nos da un ejemplo vivo de grandeza. Porque es  entonces y aquí, donde apreciamos lo que hemos perdido en Europa.  Yo me quedo asombrada de la conservación de estas artesanías que sólo acercándonos a ellas, tocándolas con nuestros ojos, comprobamos, como Santo Tomás, que aún existen. 
Como existe la Escuela Taller Vasco de Quiroga, o la Sede de Unión de Artesanos. Ojalá que los Gobiernos promocionen  y apoyen la Preservación y el futuro de estas artesanías. Ojalá que Santa Clara del Cobre no se contamine de burocracias absurdas y conserve su gran riqueza ancestral purépecha, ejemplo inequívoco para muchas culturas ya  casi perdidas.  Amigo viajero, si todavía quieres regresar a mesoamérica, al México profundo, hondo, bello, en Agosto se celebra un concurso de Piezas de Cobre Martillado, participan más de trescientos artesanos, acércate a compartir con ellos la belleza y a respirar el arte, no te olvides de SANTA CLARA DEL COBRE, Michoacán, México. Aprenderás del fuego amargo, la gran lección del Arte que es la vida misma desde su gran y perfecta sencillez de vivirla con imaginación y sabiduría.
Hace poco a Santa Clara del Cobre le dieron el  merecido título de Pueblo Mágico.




21 noviembre, 2010

UN DÍA DE MUERTOS EN LA ZONA DE URUAPAN

UN DÍA DE MUERTOS EN LA ZONA DE URUAPAN

Por Julie Sopetrán

                            Mujer p´urhépecha preparando comida en Zacán. Foto: Julie Sopetrán

Uruapan

Está situado a 52 kilómetros de Pátzcuaro y unos 100 de Morelia, con más de doscientos mil habitantes, se llega  sin sentir debido a los deliciosos paisajes, la frondosa vegetación, pueblos tan antiguos como su propia gente, gente tan acogedora como su propio paisaje, capillas del siglo XVI, artesanías de todo tipo elaboradas por manos p´urhépechas, por artesanos nativos que van mimando minuciosamente los secretos de sus antepasados conservando su recuerdo en cada obra de arte.
Se llega a Uruapan por la autopista Morelia-Pátzcuaro-Uruapan, aunque también se puede llegar por la carretera federal Nº 14 pasando por Tingambato. Su belleza natural está rodeada de huertos y frutales, por algo es”la capital mundial del aguacate”, al que también han llamado “el oro verde”. Aunque vive de otros cultivos como la caña de azúcar, el maíz, el durazno, el café, la guayaba, el jitomate, la calabaza, el chile... Siendo también una región rica en ganadería. Uruapan es un punto de unión entre la meseta p´urhépecha y la tierra caliente. Está situada a casi dos mil metros de altura y  disfruta de una temperatura media de veinte grados centígrados.
Desde la carretera podemos distinguir el Volcán más joven del mundo, el Paricutín, uno de los pocos existentes que el hombre ha visto nacer y crecer, este volcán hizo su erupción el 20 de febrero de 1943, se pueden contemplar los vestigios del Templo de San Juan Parangaricutiro, que junto al poblado quedó cubierto por la lava. A unos cuantos minutos se encuentra Zacán.
Uruapan es un nombre netamente p´urhépecha Uruapan, que significa “lugar donde los árboles reverdecen” o lugar donde todo florece. También se dice que es “el lugar de los futuros donde se tiene la oportunidad de vivir eternamente” Tal vez por ello se comenta que es el “Vergel de Michoacán” o “la verdadera cuna del maque”, por la cantidad de artesanías que se hacen con la madera de estos lugares de bosques de pino y encino, guajes y cascalotes. Se hacen máscaras, bateas, cajas, instrumentos musicales, platos artesanales… También se elaboran rebozos, mantas de algodón y de acrilán. Son famosos los telares rústicos, los que todavía se usan de madera de pedal.  Los artesanos saben cómo mezclar y recubrir las piezas, para ello utilizan aceites vegetales y animales que lo mezclan con minerales pulverizados, lo aplican a las artesanías y consiguen una superficie dura y lustrosa, luego imprimen sus dibujos decorativos, los resecan y embuten con diferentes colores y consiguen recrear verdaderas joyas.  Yo diría que únicas en el mundo.
Uruapan en 1534, fue fundada por Fray Juan de San Miguel, su labor evangelizadora quedó establecida sobre asentamientos prehispánicos. Su influencia franciscana se respira especialmente en La Huatápera, y las capillas de los barrios de la Magdalena, San Francisquito, San Juan Bautista, San Pedro, San Miguel y Santiago. 
  
       los uchepos ...los tamales de harina y atole de tamarindo y de cacao... Foto: Julie Sopetrán
 
Dar un paseo por las calles y pararse a comer el churipo con corundas, las carnitas, el atole, la barbacoa de borrego, los nacatamales, en el día de muertos, los uchepos, las quesadillas de flor de calabaza, los tamales de harina y atole de tamarindo y de cacao y las toqueras de maíz azul… es una de las delicias gastronómicas de Uruapan, entrando al Mercado de los Antojitos.    O pasear por el Parque Nacional “Eduardo Ruiz” en el mismo centro de la ciudad donde nace el Río Cupatitzio, o “río que canta” llamado también la Rodilla del Diablo. Entrar al Museo del Turista donde los artesanos exhiben y venden sus productos de maque, máscaras, cestos, guitarras de Paracho, maderas maqueadas y demás caprichos artesanales, es una delicia que nunca olvidará el visitante.

Día de Muertos

La Maestra Silvia Huanosto, Directora de Turismo en la ciudad y región nos recibe amablemente, nos enseña la ciudad, nos habla de sus gentes, de sus fiestas, de sus pueblos, quiere enseñarnos todo con una amabilidad desbordante.
      Zacán, en una casa particular recibiendo y poniendo las ofrendas.  Foto: Julie Sopetran

Ella misma nos lleva a Zacán, “lugar pedregoso” y también “lugar donde la tierra es cultivada”, estuvo muy afectado este lugar por la erupción del volcán Paricutín.  En Zacán, todos los años se dan cita más de 60 comunidades indígenas de la Meseta P´urhépecha, La Cañada de los Once Pueblos y la Zona Lacustre, debido al Concurso artístico de la Raza Purépecha” compuesta por pirekuas, orquestas, danzas y bandas de viento o como dicen en la región, de aliento. En este pueblo es típica la elaboración del punto de cruz, prendas de vestir y sombreros hechos con fibras vegetales.  Zacán está a dos mil metros de altura sobre el nivel del mar.

Familiar de uno de los muertos que visitamos. Foto: Julie Sopetrán

Silvia quiere que vayamos a visitar ofrendas. Hay tres casas donde hay que llevar un regalo al muerto, ofrecérselo, y saludar a las familias. Son muertos de este año, se han ido hace poco, y ellos vuelven, así lo creen las familias.
La ofrenda es hermosa dentro de las casas, hay de todo en los tres lugares que visitamos, frutas, frutos, comida,  retratos de los fallecidos, detalles que hablan de sus vidas, de lo que más les gustaba…

                     Horno elaborado para recibir al muerto. Foto: Julie Sopetrán

Detalles como un horno, porque a ella le gustaba cocinar en el horno, una cancha de baloncesto, porque él era jugador de este deporte… Conchas de mar, porque a ella le gustaba coleccionarlas…Una máquina de coser porque a ella le gustaba coser… Detalles que hacen que cada ofrenda sea diferente, aunque en todas tengan en común la abundancia de comida junto a los frutos de la tierra.

 Conchas que le gustaban en vida... Foto: Julie Sopetrán

Debemos ser respetuosos, dar y recibir, hacer fotos, participar, hablar con las familias. Rosita murió de 30 años de corazón; Enedina murió de 107 años, tiene cuatro hijos, y fue muy querida en la comunidad; María de la Salud murió de accidente, le gustaban mucho las conchas y era muy alegre. La gente va llegando con más ofrendas, las mujeres cocinan comida para corresponder a la gente que lleva algo al difunto.
        Cancha... en altar de muertos, Zacán. Foto: Julie Sopetrán

 Incluso nos obsequian con un regalo, es un pañito hecho por las mujeres de la familia a punto de cruz, para que lo llevemos de recuerdo. Y así es la costumbre… compartir, dar, agradecer, recibir. Todo en un ambiente familiar muy agradable, serio, alegre y a la vez respetuoso.  

Comida en Zacán

Llovía a mares, Silvia, después, nos llevará a comer una comida exquisita, es una cocinera que ha viajado a París, que en dos días viajará a Sud-África para llevar la comida mexicana a distintos lugares, es una mujer p´urhépecha extraordinaria, su esposo ya la deja viajar y llevar sus saberes culinarios a otros pueblos y mundos.   Es una familia encantadora. Está la mesa puesta. Huele rico.

      Silvia Huanosto, de pie, Enrique  Escalona y yo antes de la comida.

Esperanza Galván Hernández, y su familia, han preparado una comida deliciosa, en su casa. Ella lleva años cocinando exquisitos platos que ha aprendido con la experiencia de la necesidad, hoy representa a esta zona de México, en los programas de la UNESCO, la cocina de Michoacán.   
El mole, las corundas, su plato de toroatápakua, las carnitas, la sopa de arroz, el queso fresco, la corunda mixtamal con verdura, calabaza, zanahoria envuelta en hojas de maíz…y una carne de res a la brasa, exquisita, con tortillas recién hechas, calientes, platos deliciosos que hará en África Esperanza, en un taller para la enseñanza de la cocina mexicana.  Acaba de venir de Tijuana, de Paris.  Se lleva ingredientes que no hay en otros lugares sólo en México, le ayuda su nieta, nos dijo que tarda de tres a cuatro horas en preparar la comida que degustamos en un día tan especial en Zacán.  Su esposo muy amable nos saluda, comparte la idea de que su esposa viaje a África y aprecia hondamente su trabajo y dedicación a la cocina.
Seguimos nuestro viaje a Santa Fe de la Laguna, no sin antes agradecer a Silvia, A Esperanza, a su esposo y familia su hospitalidad.  Ese cariño especial que nos muestran y nos hacen sentir las gentes y las costumbres de Uruapan y los pueblos entrañables de una sierra mágica.  


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18 noviembre, 2010

LA ENTIDAD DE LA MUERTE


LA ENTIDAD DE LA MUERTE


Por Julie Sopetrán

                                  Noche de muertos en Cucuchucho, Michoacán.  Foto: Julie Sopetrán

Otra vez hemos vuelto a crear un altar, a poner una ofrenda, a dar vida a la muerte. A la Noche de Muertos. Otra vez es vivir en el tiempo y la forma lo semejante y lo propio. Acudir, a un entierro, y compartir el dolor con la familia, el adiós definitivo a un ser querido, no tiene ninguna gracia, pero todo depende de cómo lo reflexiones y lo mires.
El sacerdote habla de la fe y a mi me impresiona la mudez, la palidez, el gesto implacable del héroe. Porque sin duda hay que llamar héroe al que muere dignamente en su casa y atendido por su familia. La heroicidad no está en morir sino en morir bien, y así lo entiende también el pueblo p´urhépecha.
Cuando asistes a un entierro regresas a casa cansada, como si alguien se te hubiera pegado a la espalda y te aplastara el ánimo. Después piensas: “¡Levanta la cabeza, sueña otra vez, vive, baila, sonríe, ponte la máscara de los viejitos...!”

Danzante, Muelle de Don Pedrito, Pátzcuaro 2010. Foto: Julie Sopetrán

Y te dejas dormir lentamente entre los murciélagos otoñales de una siesta placentera.
La muerte es todo aquello que destruye, me digo al despertar. Toda exageración anula la luz y así sobrevivimos a la tristeza que nos rodea por los cuatro costados del mundo. La muerte es dar publicidad a lo que a nadie le importa. Como puede ser la idiotez de un divorcio preparado para cobrar una exclusiva en TV. La inestabilidad, la prepotencia, muchas veces nos define y es el sacrificio aceptado el que parece iluminar la estancia. La materia se deshace y los rosados huesos de la calavera, o las manos de palo de La Pelona parecen tocar el tambor del tiempo.
Y en ese sonido dulce-amargo, me pierdo entre las brumas del sentimiento más cálido. Nadie mejor que tú lo sabe, amigo lector, porque igual que yo, hoy, sientes en tus carnes la definitiva ausencia de lo que era y no es, estaba y se fue.
Los pueblos primitivos lo sentían de otra manera. Al llegar de México y celebrar con ellos, los que quedan, la fiesta de la muerte, pienso de otra manera. Me contagia el culto de los volcanes, del fuego, y me siento “quemadora”, como ellos, quemadora de tanta memez e inutilidad reinante, de leñas pasadas y secas que ya no pueden brotar en mis sentidos. No sé quien era Curicaueri, sólo sé que quemaba la leña de sus montes, era un dios hambriento de fuego, y las gentes le llevaban leña para quemar. De tanto quemar no sé si era o estaba negro…  Yo quiero quemar leña de injusticias, de hipocresías, de lamentos falsos. En esa multitud de dioses y diosas del mundo michoaque, Cuerauáperi, diosa de la vida y de la muerte, conocía ya este dolor ardiente que causa la ausencia de la verdad, de la armonía de vivir y compartir lo que somos y lo que tenemos. La muerte no tendría importancia si nos amaramos. Ante la falta del ser querido, quemamos la impotencia de todo aquello que le faltó, nuestra dignidad es el fuego, y es ella, la diosa, la que nos trae la lluvia, la que nos da las mieses y las semillas para volver a labrar una tierra nueva, y así distraer nuestras hambres, nuestro dolor ante esa inconformidad que muchos padecemos. De esa forma, celebrando la muerte, parece que tuvieran fundamento y, a la vez fueran libres nuestros recuerdos. ¿Cómo podríamos desmaterializar el beso cuando el Amor se arraiga en los labios?  Después, en muchas tumbas vemos a la Virgen de Guadalupe, Ella es la diosa moderna que también nos conforta y nos conforma.
La muerte nos hace saber que nada dura más de un siglo y que sólo la luz tiene sentido en nuestra noche. Por eso es el espíritu el que susurra en el aliento. El que vuelve a visitarnos. Son los colores vivos los que nos recrean, es la fotografía la ventana más fuerte, más cálida, más nostálgica que nos hace  recuperar la sonrisa en el altar de la Noche de Muertos.
                Niña encendiendo su vela en la Noche de Muertos en Zurumútaro. 2010. Foto: Julie Sopetrán

Son las flores, las ofrendas, los panes, los que dan carácter y fuego a los sentidos, es la vela encendida la que oscila su mano hacia todos los polos y nos lleva, nos lleva y nos trae hacia el centro de todos los misterios.
La oferta es ofrenda de camino y de caminante. Resucitamos en cada acoso publicitario. Confirmamos la esencia de nuestros suspiros cuando nos unimos como hermanos para hacer fuerza, para  parir la paz en este bosque perturbador del mundo.
Damos vida a la muerte, porque creemos en la civilización, en la hermandad, en la historia ancestral, en ese Amor que dura más de un día. Es cierto que el cuerpo está corrupto, es cierto que la masa duerme, que la voluntad pertenece a un mundo encantado, que la justicia se esconde entre los más grandes intereses del orden y el manejo espectacular del dinero, que nuestras mentes ya son casi robots  manipulados por meras simples palabras sumergidas... Aún así, teniendo el conocimiento de la causa, sabiendo que somos víctimas del más triste fracaso cultural, humano, es preferible soñar, dejarnos llevar por el instante de la fiesta, muerte iluminada, muerte alegre,mística contemplacíón de la noche que nos libera de la esclavitud y nos hace florecer las ideas en la implacable autenticidad de lo real. 




                                                         (Articulo publicado en el periódico bilingüe La Oferta Review, San José, California, con motivo de la celebración que la comunidad mexicana
prepara cada año en honor a la muerte. Octubre 14, 2003. Revisado 2010.)