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martes, noviembre 23, 2010

LA MEDICINA TRADICIONAL P´URHÉPECHA

LA MEDICINA TRADICIONAL P´URHÉPECHA

Por Julie Sopetrán

                                           Planta de nopal.   Foto: Julie Sopetrán

Si algún pueblo se auto reafirma a sí mismo, si algún pueblo está orgulloso de  ser y estar en el planeta tierra, es el pueblo p´urhepecha. Un pueblo que abarca seis mil kilómetros cuadrados de los sesenta mil que tiene el estado de Michoacán, en México.  Pero el “lugar donde viven los p´urhé lo abarcan cuatro regiones importantes: La Cañada de los once pueblos que se llama también Eráxamani. Japóndarhu, que es el lugar del lago. Juátarisi, que es la Meseta y la Ciénaga de Zacapu. Otro lugar se añadía a esta región y es Jurhío, el lugar de la tierra caliente. Apróximadamente abarca unos 25 municipios más o menos. Pero su lengua se habla en más de cien pueblos del estado.  P´urhé o p´uré, quiere decir persona.  También se les ha llamado Tarascos, este nombre  se lo pusieron los españoles.

                                               
Estas poblaciones disfrutan de servicios de salud pública, clínicas, unidades médicas, rurales del IMSS-Solidaridad.
Para los p´urhépechas, la armonía con el entorno, juega un papel importante en la vida y en la salud.
Son gentes que les gusta cumplir las normas de la comunidad y ante todo tienen un gran sentido de la familia y amor a la naturaleza. La salud es pues, un resultado de la forma de vivir en consonancia y armonía con lo que nos rodea.
Este pueblo cuenta con expertos terapeutas, hay muchas mujeres, mayores de 50 años, unos son brujos, otros u otras, parteras, algunos hueseros, hierberas, sobadores, molleros... curan con sus manos, con hierbas medicinales y recetas heredadas de sus antepasados. Hay un gran respeto entre estos sanadores y para preguntarles a ellos directamente me dirijo a Pátzcuaro; están instalados junto a una clínica, muy cerca del Lago que lleva el mismo nombre.
                                                Capilla. Foto: Julie Sopetrán

Es un lugar moderno, limpio, con su capilla para rezar y sus diferentes apartados y especialidades. Estos hombres y mujeres, conservan la sabiduría de la tierra, en su religión, ellos conciben su origen divino. Las deidades p´urhépechas están directamente relacionadas con la naturaleza. Por eso al Rayo le llaman Señor, así como el Señor de la Lluvia, el del Cielo, el de la Tierra... Sus divinidades son innumerables, simbolizadas todas ellas en pájaros, como el águila, las piedras,  los caimanes, etc..

Pero nada mejor como hablar directamente con uno de los hueseros de Pátzcuaro, él nos va a explicar su trabajo terapéutico. La gente hace cola para entrar y los remedios no pueden ser más eficaces. D. Juan Castro Valdés, un hombre muy sencillo, muy amable. Seguramente tiene atributos superiores a lo que nosotros podamos percibir.
Él me dice humildemente: “yo soy huesero, curo con masajes, son sobadas que hago desde el pié hasta la cabeza y lo hago jalando los huesos”. Le pregunto a Don Juan, cuándo comenzó a ser huesero y me dice que desde hace muchos años, anduvo en la ciudad de México, en Puebla, en Morelia, en la Isla de la Pacanda y ahora en Páztcuaro, más de treinta años que está curando a la gente a través de sus sobadas y masajes.  Juan habla calmadamente, como si pensara cada palabra que dice. Le pregunto cómo supo que podía curar y me explica que lo hizo cuando vio a alguien sufrir. También afirma que para curarse es imprescindible tener fe.  No cuenta el tiempo, hay días que cura a mucha gente y otros que sólo a unas cuantas personas dependiendo de lo que tengan o necesite estar con ella para darles los masajes.
Le pregunto a Juan si cura a través de la naturaleza o si cree en Dios, o qué medios utiliza para dar esa fuerza de salud a través de sus manos. Juan comenta que él cree en Dios, y sin esa energía no podría curar. “Sin Dios no puedo curar, yo cuando doy estos masajes le pido a Dios que cure a la persona que tengo enfrente” Juan añade, que nunca le pregunta a la persona si él o ella cree o no cree. Sin embargo me dice, que si no cree en Dios la persona que viene a curarse, no se curará porque para entregarse al masaje tienen que creer. De lo contrario pierden el tiempo. Juan dice que Dios actúa a través de sus manos.
Le pregunto que curando, como cura, cerca de una clínica, de un hospital, si viene alguna gente del hospital también, Juan dice que cuando en el hospital no pueden hacer nada, los médicos mandan a los enfermos a que él les dé masaje o sus compañeros les curen con hierbas o lo que necesiten. Juan, después de charlar ampliamente conmigo se ofreció a darme un masaje que agradecí. No me cobró nada, pero sí le gustaron mis gafas, tal vez por ser españolas, de las que me desprendí sin ningún inconveniente. Aunque luego si quería leer lo que había escrito, tuve que ir a comprarme otras. A saber para qué quería Don Juan mis gafas, luego pensé si no sería una prueba para conocer mis desprendimientos o generosidades. El caso es que me sentí muy relajada y con ganas de seguir trabajando.

 

El siguiente centro p´rhépecha que visité está situado en otra parte de la ciudad de Pátzcuaro. También con su capilla, y los espacios rústicos y con olor a hierbas aromáticas para curar. Visité a Don Lupe, como así se le conoce en la zona. Don Guadalupe Norberto Calderón, natural de la Isla de Janitzio. Antes de dedicarse a curar Don Lupe fue pescador en el Lago de Pátzcuaro.

Don Lupe empezó a curar a la gente en el año 1978. Se puso en contacto con otros curanderos que le orientaron y le enseñaron, porque él sentía que quería ayudar a las personas que sufrían.  Se fue a México a hacer un curso y a cambiar experiencias con otros chamanes y sabios que sabían más que él. Se quedó en Pátzcuaro por el clima. Y también por las plantas.
Mientras Don Lupe me cuenta cómo comenzó, se oye el canto de un pájaro en el transfondo de su ventana semiabierta. Don Lupe dice que “la persona que siente que puede curar tiene que aprender, tiene que saber cómo encauzar su energía para los demás” Y añade que eso que ha aprendido él lo va a transmitir a su familia, a los más jóvenes para que sigan haciéndolo ellos. Don Lupe a diferencia de Don Juan, él dice que la fe del paciente no le preocupa, que él transmite en sus consejos y en sus recetas y a través de sus manos lo que él cree y percibe de Dios. “Yo sé que muchos no creen nada, pero yo controlo mi mente y no le digo nada, porque si ya ha venido porque se siente mal, pues ya algo le está pasando también con su fe”. Don Lupe se centra en curar en la enfermedad que padece el paciente. “A veces vienen jóvenes que no pueden caminar porque tienen mal su columna, o porque a otro le duele la cabeza... y así durante el día, ocho, diez, doce personas que vienen...”
Don Lupe no trabaja todos los días,  sólo en Martes y Viernes y otros días le suplen otras compañeras. Don Lupe se queja de que se acaban los recursos, las plantas, y todo lo ve muy duro y difícil para la humanidad y el futuro que nos toca vivir. Le pregunto qué nos recomienda para mantener la salud y dice que con el calor no hay que comer fruta, el mango es calor, la papaya es calor,  la sandía con el calor te puede dar también enfermedad, lo mejor para los niños es darle agua fresca, moradilla... pero no endulzarla.
Salí de estos lugares pensando en la pérdida de las plantas importantes en el mundo en que vivimos, en la naturaleza, en los poderes del hombre y de las plantas aún por descubrir.
   




LOS ORFEBRES DEL COBRE

Reportaje

LOS ORFEBRES DEL COBRE
Santa Clara del Cobre – Michoacán – México

Por Julie Sopetrán

                  Vendedora de piezas de cobre en la calle. Foto: Julie Sopetrán

Durante uno de mis viajes a Michoacán en el mes de Junio, visité la artesana población  de Santa Clara del Cobre, situada a 75 kilómetros de Morelia, cerca de Páztcuaro.  El viento movía los árboles y los remolinos del verano ostentaban su polvareda entre los verdes pinares y los preciosos aguacateros.  El guía, Raúl y yo, nos detuvimos un instante y lo que era un remolino nos pareció un tornado. Nos paramos por la belleza que elaboraban las manos invisibles del viento en  aquellos caminos de polvo veraniego.  Las grandes montañas que rodean este lugar  paradisiáco ubicado en la Sierra de Uruapan, nos hablan de un poblado minero, como son las vetas de Inguarán y Opopeo, que tanto interesaron a los españoles que hasta allí llegaron, estas minas hoy no son productivas pero sí atractivas a la hora de admirar el dorado metal tan artesanalmente tratado y trabajado por este pueblo purépecha. Ya casi se escuchan las músicas de los martillos y los marros,  suena a música de hogar, de familia... Se siente en el ambiente el calor de las fraguas y se respira ese  olor a cobre por sus callejas. 

Barreños de cobre. Foto: Julie Sopetrán

Fue Fray Martín de Jesús el que fundó este lugar en 1521 y en 1553 se la llamó de la forma que hoy la conocemos. Más tarde se la cambió el nombre por el de Santa Clara de Portugal y en 1932 era conocida  esta ciudad como Villa Escalante.   Pero este nombre no duraría mucho tiempo debido a que allí se establecieron las monjas de Santa Clara. Y hoy así se la conoce a la ciudad, como Santa Clara del Cobre.
Después de admirar y transpasar la Galería del Taller García, me adentro hasta los talleres donde un grupo de hombres fuertes elaboran auténticas obras de arte a fuerza de martillo, fuego y sudor, con la destreza de los punzones y los cinceles, las pinzas, los picos, los marros...

                                  Rafael Sarco Soto trabajando el cobre. Foto: julie Sopetrán

Rafael Sarco Soto, me va explicando el proceso y los pasos que tienen que dar para conseguir esa brillantez, esa textura en los cazos, en las ollas, en las calderas  –que me recordaron los tiempos de mi abuela, donde se hacían las ricas morcillas castellanas- tantas piezas cultivadas por la mano del hombre que son auténticas joyas trabajadas con este preciado metal.
Si  con el barro México hace maravillas, con el cobre hace prodigios. Los antiguos indígenas purépechas ya martilleaban este metal y así se lo enseñaron a sus descendientes, que lo han perfeccionado del  golpe, del fuego y la mucha dedicación.
El fuego es muy importante en la fundición y el trabajo del cobre. Foto: Julie Sopetrán

Y así podemos verlo en los millares de utensilios y obras de arte que podemos tocar y admirar incluso en las calles de Santa Clara del Cobre, un pueblo-museo, un museo-pueblo a dos pasos de la capital michoacana, un lugar que recomiendo visitar en los viajes a México.
Merece la pena adentrarse en sus callejuelas, en su museo del cobre, en sus tiendas abarrotadas de arte. La paz que se respira en la montaña me transporta a ese sentimiento de contemplación que embellece la vida ante el trabajo abnegado de estos artistas que pulen y dan color al tiempo. Un tiempo mágico que está lleno de autenticidad y de vida.  
                                  Trabajando el cobre. Foto: Julie Sopetrán

 Rafael, me explíca que primero hay que calentarlo en la “cendrada”, una especie de pozito poco profundo donde se va alimentando el fuego, es en la cendrada donde el fuego, el carbón de pino, funde el metal para después modelarlo a fuerza de martillo.
El fuelle para encender el fuego. Foto: Julie Sopetrán

Y todavía estoy escuchando la música que entre cuatro o cinco hombres componen con sus martillos como si en cada sonido hubiera un acuerdo establecido previamente para no machacarse los dedos, los brazos o las rodillas, pero que en realidad es la armonía misma no sólo del sonido sino también del temple y la cordura, para de esta forma no maltratar el cuerpo.
Aunque son muchas las veces que se hieren sin haberlo premeditado. Y es así cómo se forja el cobre.  Al fondo del taller unos grandes fuelles hacen su oficio de viento para atizar las brasas que enrojecen la forma, dos hombres se encargar de mover los manillares de madera para que así el fuego sea constante, cuando el operario de los fuelles es un niño, a éste se le llama “zorrillo” y al fuelle también se le llama “hechizo”. El fuego amargo, que consigue victorioso el calentamiento del metal.  Más tarde es el cincel el que dibuja los caprichosos peces, o los distintos dibujos elaborados y el brillo se obtiene con el calor y el martillo y la fuerza indiscutible del hombre. Cuando el cobre ya está al rojo vivo, es cuando se usan las tenazas y se extrae del fuego para martillearlo. Y es así como de un trabajo tan rudo y fuerte nace la obra de arte.

                           Detalle de uno de los trabajos. Foto: Julie Sopetrán

Rafael me sigue explicando los utensilios que usa su equipo de trabajo, la candonga para dar altura. Las tenazas, la tijera, el compás, las pinzas y el cincel para el esgrafiado, la bigornia donde se le da la forma. Tienen varias clases de martillos, el pequeño para sacar el brillo o los gajes, otro para laminar en el yunque. Luego, me explica que para dar la forma al objeto trabajado se pueden tardar hasta 600 horas martilleando varios hombres, y algunas piezas, todas únicas, hay que meterlas al fuego hasta 280 veces para luego poder modelarlas por la fuerza del hombro. Y es con estos calentamientos y golpes  como se llega al rojo blanco y ya se baña la pieza con ácido sulfúrico y es cuando se talla con la fibra de acero, luego se baña de agua y jabón y así es como se pule hasta que se obtiene el brillo deseado.
                       Vista de una de las calles de Santa Clara del Cobre. Foto: Julie Sopetrán

Quiero hacer honor al trabajo de estos hombres, nombrándolos uno por uno. Ernesto Velázquez Reyes, que me asegura que le gusta su trabajo y que lo hace desde siempre. Omar, Juan y Roberto Lonato Rojas, que son familia y que han crecido aprendiendo tan duro y delicado arte.  Agustín Cardona y Roberto Velázquez que a fuerza de golpes cincelan y diseñan toda clase de enseres, copas, vasijas, cazos, cascabeles zoomorfos,  miniaturas, esculturas, aretes, llaveros, bezotes, platos, cacerolas... y todo lo hacen con sus martillos, marros, hongos, bordones. Es admirable observar su conocimiento heredado. Su indiscutible arte conservado desde siglos atrás, incluso anterior a la época gloriosa del humanista Tata Vasco.

                                                  Atizando el fuego. Foto: Julie Sopetrán

Todo el pueblo de Santa Clara, es un centro artesanal, lo componen familias que viven del cobre y son orfebres, artistas, artesanos del fuego, del fuelle y del espacio, todos aprenden de los mayores y enseñan a los hijos a serlo, a calibrar el tiempo por el arte.
Me llama mucho la atención ver cómo se respeta el conocimiento de los mayores. La Madre  Experiencia es en Santa Clara, un  ejemplo de dignidad y arte, un ejemplo a seguir por los más jóvenes. Ya que los viajeros, los turistas, pasamos a veces de largo, sin apreciar del todo esta grandeza artesanal de Michoacán, de México, que nos da un ejemplo vivo de grandeza. Porque es  entonces y aquí, donde apreciamos lo que hemos perdido en Europa.  Yo me quedo asombrada de la conservación de estas artesanías que sólo acercándonos a ellas, tocándolas con nuestros ojos, comprobamos, como Santo Tomás, que aún existen. 
Como existe la Escuela Taller Vasco de Quiroga, o la Sede de Unión de Artesanos. Ojalá que los Gobiernos promocionen  y apoyen la Preservación y el futuro de estas artesanías. Ojalá que Santa Clara del Cobre no se contamine de burocracias absurdas y conserve su gran riqueza ancestral purépecha, ejemplo inequívoco para muchas culturas ya  casi perdidas.  Amigo viajero, si todavía quieres regresar a mesoamérica, al México profundo, hondo, bello, en Agosto se celebra un concurso de Piezas de Cobre Martillado, participan más de trescientos artesanos, acércate a compartir con ellos la belleza y a respirar el arte, no te olvides de SANTA CLARA DEL COBRE, Michoacán, México. Aprenderás del fuego amargo, la gran lección del Arte que es la vida misma desde su gran y perfecta sencillez de vivirla con imaginación y sabiduría.
Hace poco a Santa Clara del Cobre le dieron el  merecido título de Pueblo Mágico.